Breve historia de la metrología

Nº Revista: 
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Breve historia de la metrología (*)

 

Desde la Antigüedad (ya en Babilonia, Egipto, Judea, Grecia y Roma) el hombre ha manifestado un especial interés por la medición de todo aquello que le rodea: el tiempo, el espacio, la temperatura, la masa, el volumen, la longitud, etc. Esta práctica es la que le ha llevado a desarrollar diferentes sistemas de medidas que le han permitido evaluar y describir el entorno en el que vivía en función de sus necesidades.

De este modo, cada pueblo ha creado un sistema de medidas acorde con su desarrollo cultural y social:

En aquellas sociedades que habitan en condiciones de relativa amplitud territorial, el sistema de medición de la superficie está poco desarrollado […] Por otra parte, los nómadas del Sahara, donde la exacta apreciación de la distancia entre un pozo de agua y el siguiente tiene una importancia de vida o muerte, poseen una terminología muy rica en cuanto a las medidas de longitud (Kula, 1980: 5).

La existencia de tan diversa cantidad de sistemas metrológicos generó, hasta la fijación del sistema métrico decimal, cuantiosas dificultades en el desarrollo de las transacciones comerciales. Las equivalencias y los nombres de las unidades de medida solían ser distintos por lo que eran frecuentes las estafas o las equivocaciones en negociaciones entre miembros de comunidades distintas, con lo cual, en cualquier tipo de operación comercial, reinaba un “desorden” constante, por llamarlo de forma eufemística, según Moreu-Rey (1986: 6-7). Además, las diferencias entre las medidas y sus equivalencias se las podían encontrar no sólo los miembros de comunidades distintas sino que incluso se podían dar entre habitantes de un mismo pueblo. Este era el motivo principal por el que existía una preocupación constante por la fijación de un patrón métrico que sirviera de modelo para evitar los engaños (Alsina y Marquet, 1981: 7).

Es así como en Francia, tras “un milenio de fallidas tentativas de unificación metrológica” y “siendo [ésta] una de las primeras naciones en presuponer la necesidad de la existencia de un sistema de medidas estable, homogéneo y universal” (Gutiérrez Cuadrado y Peset, 1997: 11), se implanta el sistema métrico decimal el 4 de julio de 1837, que servirá de modelo para el resto de países occidentales.

La unificación del sistema métrico decimal francés pareció impulsar de forma definitiva la implantación de un sistema de medidas en España, donde durante siglos (desde Alfonso X5 el Sabio hasta Felipe V) simplemente se habían observado deseos de unificación (Ten Ros, 2002: 403) que nunca habían llegado a ser más que una utopía planteada por la monarquía del momento. Así, mucho antes que en otros países (Aznar García, s. a.) y de forma casi paralela a la implantación del sistema francés, en España se iniciaron los últimos y definitivos intentos de establecimiento de un sistema métrico unificado. El 19 de julio de 1849 se estableció “la que podríamos llamar la primera Ley Fundamental de la Metrología Española” (Cadarso, 1977: 24) en la que se planteaban los mecanismos y los plazos para adoptar el nuevo sistema metrológico. Sin embargo, la promulgación de la ley no fue suficiente ya que no llegó a implantarse como se esperaba a pesar de haberse intentado en varias ocasiones (1 de julio de 1868; 1 de enero de 1869; 1 de julio de 1871). En 1875, en París, durante la celebración del Convenio Diplomático del Metro, fue cuando se promulgó una ley que resultó ser prácticamente definitiva, pues obligaba a España (junto a otros 17 países de Europa y América) a “impulsar definitivamente el sistema métrico decimal en todos los usos científicos y sociales”. Sin embargo, la ley de 1875 no se consolidó en España hasta después de la Restauración, cuando “el importante decreto del 14 de febrero de 1879 dictaba, por última vez en la historia, la obligación del sistema métrico decimal en todos los actos desde el 1 de julio de 1880” (Aznar García, s. a.).

Será a partir de este momento cuando las unidades tradicionales, aquellas que habían servido durante años a tantos agricultores, comerciantes o pescadores y que eran herencia de todas las culturas que habían habitado suelo hispano (íberos, celtas, romanos, visigodos y árabes), pasan a tener un papel totalmente secundario ya que no desaparecen definitivamente sino que conviven con una nomenclatura nueva fruto de una traducción de la francesa, como habría ya sucedido en el caso de la química y en otros sectores de la terminología científica.

 

(*) Extractado del trabajo de Carolina Juliá Luna. Universitat Autónoma de Barcelona. Seminari de Filologia i d’Informática